Memorias de un proyecto curatorial
La transformación de nuestro propio colectivo comenzó con un cambio de ritmo profundo, dejando atrás el latido de Pulso para encender la mirada de Lúmina, un desplazamiento conceptual donde la luz se convirtió en la fuerza necesaria para comprender y hacer visible aquello que el hábito institucional tiende a ocultar. Curar, desde esta nueva perspectiva, se transformó en el acto de alumbrar las sombras cotidianas de la universidad, tejiendo un puente de sentido continuo entre el arte, el espacio físico y la defensa de los derechos humanos. Fue así como decidimos desplazar los ojos desde el aula, históricamente consagrada como el epicentro del conocimiento, hacia las periferias internas y los viajes invisibles que ocurren en los pasillos, los ingresos, las escaleras y esos tiempos suspendidos del traslado cotidiano.
Este trayecto curatorial dibujó su propia geografía viva, brotando en la puerta lateral del ingreso por la calle Entre Ríos, transitando la penumbra de los pasillos hacia el edificio de calle Corrientes y culminando en la Sala de Profesores de la Facultad de Humanidades y Artes, un lugar abordado no solo como un refugio de concreto, sino como un territorio simbólico de acceso, legitimidad y permanencia. En el corazón de este recorrido latió una pregunta incómoda sobre si el simple hecho de estar dentro de la universidad garantiza realmente el derecho a habitarla en condiciones de igualdad, desnudando la distancia que separa los discursos institucionales de inclusión de la experiencia real del cuerpo que envejece. La materia misma expuso sus contradicciones en una rampa que interrumpe su marcha junto a un vidrio desnudo, invitando a apoyarse en el infinito y convirtiéndose en un peligro sin fronteras ni barandas donde el suelo flaquea para cualquier transeúnte, recordándonos que la accesibilidad real no es una concesión estética ni una rampa añadida a posteriori, sino la condición indispensable para transitar con autonomía y sin pedir permiso.
Esta memoria se nutre de manera fluida del eco de los pasos y de las voces que pusieron el cuerpo al territorio, como el testimonio de Edith Rivas Ruzo, quien nos recordó que el deseo de aprender persiste a lo largo de la vida pero choca a menudo con estructuras formales que expulsan mediante la presencialidad agobiante y el estrés de los exámenes, convirtiendo a los talleres en el verdadero refugio para concretar lo postergado. En ese mismo sentido, Santiago Vieytes desde la Universidad para Personas Mayores describió estos encuentros no como meras instancias pedagógicas, sino como un termómetro vital y una red de contención contra el aislamiento y el viejismo, dialogando perfectamente con el reclamo de Sergio Solomonoff, un estudiante oyente que ante el barullo y el exceso de carteles que marean la vista, manifestó la necesidad urgente de construir una zona calma, un remanso físico donde detenerse a socializar en paz. Esta búsqueda de equilibrio se reflejó también en el grupo de Tai Chi que cada viernes por la mañana colma la facultad; personas que, portando una autonomía conquistada a través del movimiento, resuelven las deficiencias crónicas del edificio y el mal funcionamiento de los ascensores gracias a la amabilidad de los demás, evidenciando cómo la empatía colectiva suele suplir las fallas materiales del espacio.
Inspirándonos en la Escuela de Envejecer de Ana Gallardo, concebimos la vejez no como un tiempo de retiro, sino como un territorio indómito de deseo, aprendizaje y construcción colectiva, utilizando la intervención temporal de los espacios para interpelar a la comunidad académica sobre las corporalidades que históricamente han quedado fuera de los modelos tradicionales. El acontecimiento de Entre Aulas fluyó como un gesto político y poético destinado a interrumpir el tránsito mecánico de la academia, dejando constancia de que los derechos consagrados en leyes nacionales y tratados internacionales, como la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, deben encarnarse de manera efectiva en los pasillos comunes, porque habitar es muchísimo más que ocupar un lugar en el espacio; habitar es transitar la vida con la frente en alto, de forma autónoma, segura y en plena comunión con los otros.
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